viernes, 18 de enero de 2013

Algo huele mal*


En la ciudad de donde vengo, Medellín, decir chichí, popó, mierda, decir que uno está literalmente cagado, en voz alta, causa un escozor que recorre la columna vertebral de quien escucha. Por eso me dio tanta dificultad hacer popó en baños distintos a los de mi casa. La misma razón por la que una amiga viajaba desde la universidad hasta la suya cada vez que tenía ganas de cagar, pagando taxi de ida y regreso, como si no tener plata para comer en la cafetería no fuera ya un problema suficiente.
Crecí con gente que confunde el asco a la mierda con lo inmoral y hasta les escuché decir que si no quería ir a una reunión o a una fiestilla incómoda, dijera que tenía diarrea para evitar toda suerte de indagaciones. Crecí con un montón de gente a la que el dengue se le presenta en forma de vómito, fiebre, desaliento pero nunca diarrea. Es más, gente para la que hacer popó blandito no es uno de los síntomas de tener diarrea.
Por eso, en esta cultura que no nos deja cagar tranquilos, las visitas a los baños públicos son siempre seguidas por preguntas sobre un defecador fantasma: el aire denso, el papel sucio, el señor que suda mientras se lava las manos… pero nadie, nadie es responsable por lo que ocurrió en el sanitario. Poco a poco he empezado a hablar de este tema con soltura y, para mi sorpresa, mientras más hablo, más ganas me dan de ir cagando por ahí, sin muchos problemas, en casas ajenas, en bares, en restaurantes.
Desafortunadamente, el lastre cultural del yo-no-cago-nunca no me lo pude quitar antes de llegar a Buenos Aires, y la primera vez que vi unos pies con unos pantalones caídos bajo la puerta del baño público, me sorprendí. De ese baño, mientras me lavaba las manos, salió un señor sonriente, descansado, livianito, como sale uno del baño. Me miró y me deseó un buen día, yo le agradecí con toda la amabilidad del caso y con el paisa que llevo dentro tratando de no respirar muy profundo, pensé: ¡Vio! Uno no deja de ser lo que es aunque crea y asegure que sí. Es que esta gente por acá es muy cosmopolita, tanto como para sonarse los mocos en público, por ahí, en cualquier restaurante, frente a cualquier persona; no como yo que todavía huelo a bandeja paisa y calladito tengo aspirar lo que se me chorrea de la nariz, de a poquitos, para no incomodar a nadie que no sea yo mismo, o correr hasta un baño con la esperanza de que esté vacío para limpiarme.
Después de caminar por muchos sitios en los que la constante era un baño con dos pies bajo la puerta y los pantalones en el piso, mi montañero interno, el que dice que va a mear o a lavarse las manos cuando va a cagar, recibió un golpe contundente al visitar un sitio que se llama El Boliche de Roberto –clásico bar tanguero que otrora fuera enchapado en oro y que ahora está en ruinas–: en ese bar hay una puerta detrás de la barra que conduce al baño de los hombres; al abrirse muestra un orinal putrefacto y un cagadero separado por una pared sin nada que dé privacidad. Vi el baño cuando tuve ganas de ir a mear, de verdad a mear, y al abrir la puerta vi a alguien sentado que con acento porteño me dijo: "che, dijculpá, pero ej que tenía una cagadita y ejte baño no tenía puerta, vijte". Yo le respondí que estuviera tranquilo y el hombre, que no logró descubrir mi incomodidad montañera disfrazada de frescura citadina, entabló conversación, ahí sentado en la taza: que mi tonada, que el Pibe Valderrama, que las plashas de Colombia, que qué linda Medeshín. Finalmente yo escurrí lo mío sin darle la cara, me dispuse a lavar mis manos y fue antes de salir corriendo que alcancé a escuchar, en el mismo acento porteño: "che, dijculpá que te dé el culito para limpiarme pero ej…".
Yo de verdad no sé si aquí en Buenos Aires cagar con la puerta abierta sea una costumbre muy arraigada, como la pasión por el fútbol, tomar vino o mate. Tampoco sé de ninguna costumbre que combine todas las anteriores, pero me alegra saber que hay una tierra en la que la gente no se avergüenza de ser un animalito que caga –todavía me acuerdo de la recomendación estúpida de un autor estúpido que dice que para desenamorarse solo hay que imaginarse al amor de la vida cagando–. No llegaré al extremo de andar mostrando el culito en bares ni baños extraños, pero prometo que cada vez que salga de un baño lo haré sonriente, orgulloso, y miraré a los ojos a quien quiera que esté allí para desearle un buen día y así, poco a poco, iré dejando este mundo de vergüenzas ajenas.


*Publicado en el número 38 del Periódico Universo Centro.


martes, 1 de enero de 2013

Extranjeros


«Las fronteras separan en dos categorías excluyentes: los de adentro y los de afuera, los nacionales y los extranjeros, nosotros y ellos. Esta división nos marca de por vida: sea a causa del jus solio del jus sanguinis, del lugar en el que nacemos o de la sangre que corre por nuestras venas, todos estamos obligados a pertenecer a un sitio y, por ello mismo, a ser considerados extraños o aliens —para usar este odioso término anglosajón— en el resto del mundo. Aunque lo olvidemos con frecuencia, en realidad todos somos forasteros. Ya lo decía Paul Valéry: “La era del orden es el imperio de las ficciones, pues no hay poder capaz de fundar el orden a partir de la mera represión de los cuerpos. Se necesitan fuerzas ficticias”. Y, por absurdo o kafkiano que parezca, a veces basta con caminar unos cuantos metros, con atravesar un río o un puente, para poner en riesgo todo lo que somos o, por el contrario, salvar nuestras vidas.»




Los crímenes de Santa Teresa y las Trompetas de Jericó, Jorge Volpi en Sam no es mi tío, 24 crónicas inmigrantes. Editorial Alfaguara

lunes, 8 de octubre de 2012

El complot


Xing, la cocinera del emperador, fue acusada del robo de dos langostas ofrenda de paz de una ciudad enemiga. Qing Lian, su esposo desde hace veinte años, fue encargado por el abogado de orquestar la única defensa, que tendría lugar en audiencia pública.  Su matrimonio había transcurrido en la miseria, una acusación así no era más que otra peste. Desesperado, Qing Lian inicia la búsqueda de testigos y pruebas; por fin ha recolectado lo requerido: las declaraciones de la auxiliar de cocina, un mesero y el proveedor de las verduras del palacio. Llegado el día y convencido de que ganaría, acude a la corte. Con semejantes testigos en el estrado no habrá dudas sobre la culpabilidad. No le queda más que esperar mientras saborea su soltería y las dos langostas que le esperan en casa.   

jueves, 2 de agosto de 2012

«La victoria en el sofá»


«(Durante mucho tiempo  los llamados triunfadores han sido el objeto de los elogios: los ricos, los rápidos, los lugales, la gente que está por encima de los demás. Eso es algo muuuuuuuy falaz, ya que no se hallan tan al abrigo del tormento como muchos se imaginan y, además, son muy poco representativos.

Los dirigentes prósperos, los superlativos son la rareza. A quienes habría que considerar ejemplares  es a los segundones, a los patinadores que no ganan medalla, a los filatélicos en quiebra, a los inventores frustrados, a los funcionarios que se odian a sí mismos, a aquellos con talento y educación y determinación que van tirando para que la gente pueda ver que sus vidas no son mediocres, sino normales. Es algo absurdo que hacer frente a la vida con alcohol o con drogas haya llegado a ser el deporte nacional.

Por cada campeón hay mil competidores y otros dos mil que no llegan a serlo porque se olvidan de competir, o porque tienen una gripe, o porque estaban ocupados con un asunto amoroso, o porque no se molestaron en inscribirse. La vida no consiste en ganar, la vida es luchar por la tercera posición. Pero, por supuesto, el brillo procede de los que brillan, de los vencedores, y los perdedores gustan de estudiar a los vencedores porque piensan que de ello podrían sacar algún provecho. ¿Cuál es la diferencia entre un hombre con millones y un hombre sin millones? Los millones.

Lo que habría que enseñar no es cómo lograr el éxito, que por definición es asunto de unos pocos, sino cómo ver el color de los ojos del fracaso sin arrugarse, cómo tolerar el mal tiempo de la ordinariez.  Quien habría de estar sobre un pedestal es el decorador que no se lamenta de haber perdido su negocio, ese al que pillan incluso cuando roba un botellín de whisky, el que después de treinta años de trabajo no tiene más que un abrigo deslucido, mientras que a su única hija, le pega palizas un bruto sin  blanca en el bolsillo; es la fregona con niños que criar, la que vuelve a su casa agotada y a la que le roban los pendientes en el metro, quien puede enseñar una lección importante: cómo perder.)»

Tibor Fischer, El coleccionista de coleccionistas, Barcelona, Tusquets Editores, 1997, pp. 203-204.

lunes, 23 de julio de 2012

La libreta perdida


Uno nació para buscar, no para encontrar. Uno nació para botar cosas que no importan, preocuparse por ellas porque no las encuentra y luego recordarlas en conversaciones pequeñas sobre cosas insignificantes.

Uno no entiende que la memoria no quiere trabajar mucho y prefiere deslizarse de un pensamiento a otro, surfear con rapidez por cada pliegue del cerebro y evitar todas las trampas que le ponemos. Porque es así: ponemos un palo aquí, una piedra allí, un pensamiento largo y pesado en el medio; y todo con la esperanza de que los recuerdos no cambien mucho. Con la esperanza de seguir siendo los mismos de siempre pero de otro modo, queriendo cambiar mucho, cuando decimos lo mismo. No sobra decir que no es así, que la memoria fluye, cambia y muere cuando se transforma en olvido; aunque nos sintamos traicionados por no poder recordar algo y digamos que tenemos una memoria malvada.

Yo me sentí engañado por la memoria cuando perdí una libreta llena de teléfonos y traté, sin éxito, de reconstruir  en mi mente todas las acciones del día en que la perdí. Pensando dónde fue la última vez que la vi o la guardé, si la coloqué o no en tal parte. En el recuerdo me veía buscando un número telefónico en ella, luego la guardaba en el bolsillo del jean y puf, hasta ahí; entonces volvía a empezar: miraba en ella de nuevo el número telefónico, la guardaba en el mismo bolsillo y nada, seguía sin recordar nada más. Como cuando me encuentro en la calle a alguien a quien debería reconocer al instante y no pasa; o cuando tengo una canción en la cabeza, recuerdo el nombre del cantante, el año, y el concierto en el que la escuché la primera vez, pero no el nombre de la canción. Siempre que me pasa me quedo quieto para que los pensamientos reposen y encontrar más fácil lo que quiero. Ese método no funciona.

Lo de la libreta me pasó hace unos meses y hoy me desperté pensando en ella, queriendo tenerla aún sin necesitarla, porque recuperé todo lo que tenía escrito. Creo que me desperté con nostalgia de ser ese hombre del pasado que caminaba con su libretita naranjada en el bolsillo del jean, pero la memoria pasó de largo, quiere olvidar; y es una parte de mí –una parte pequeña y fuerte – la que no lo admite  y quiere obligar a la memoria a que se quede quieta. La quiere obligar a que cumpla la tediosa tarea de no olvidar, por lo menos no mucho, para que yo pueda seguir siendo el mismo de siempre. Pero nadie se baña dos veces en el mismo lago, menos mal.

sábado, 8 de enero de 2011


Dicen los que saben que la organización mental más allá de ser una sensación o un producto invisible puede verse reflejada en cada uno de los actos de una vida. Hoy he pensado que los ires e ires de la vida los he ido plasmando en mi cuarto: Nunca lo he contado pero ha existido en mi el descontento de tener que dormir en una pieza que no me ha gustado y finalmente me he pensado y construido como un turista de alcobas. Alcobas de casas ajenas, pisos de fincas raras, colchones inflables, colchoncitos, colchonetas, muebles, sábanas y hasta sillas. Un turista dormilón que no ha tenido la sensación de cama propia.

Primero fue mi hermana y allí fui un intruso, un pequeño varón en alcoba de tocador y muñecas. No recuerdo mucho excepto que queria tirar todo al piso y que no podia jugar con la colección de carritos de policia, bomberos y ambulancias que me habian dado por sacarme unos dientes de manera anticipada - Si, me han premiado por hacer algunas cosas raras, aunque todavia no entiendo por qué mi mamá premiaba la caída o extracción de mis dientes-.

Luego fue David, mi hermano amado, quien siempre me ha alegrado con su compañia. En ese cuarto, más que el espacio en si mismo, me alegró estar a su lado. Sólo sé que la decoración era como la reconstrucción de un terremoto. Las cosas valían más por su practicidad que por apariencia. Por eso tanto tiempo se colgó en la pared un reloj de Mickey el ratón.

De la decoración recuerdo muchos afiches: las modelos de la revista nueva de los sábados, los mejores basquetbolistas, bob marley y un par de leones. Nunca algo realmente lindo y mío y solo unos pocos intentos de hacer propia una alcoba que no me ha pertenecido.

Son tantos los cuartos que contarlos no se puede, en la semana sólo duermo una o dos noches en la misma cama: Y ahora me he convertido en un feliz turista de alcobas subsidiado y conozco tantos cuartos de hoteles como me hes posible...en fin. el caso:

Hoy mientras organizaba mi mente y la alcoba, me di cuenta de varias cosas: Que la cama en la que he dormido no ha sido nunca una medida que da cuenta de las distancias que recorro; que por fin, aunque no siento mías esas cuatro paredes, me siento alegre con el decorado: Ese sí es mío, por las cosas que hacen parte de cuentos, mis cuentos, mis historias: las construidas, las robadas y las regaladas.

Arreglar ambas cosas tomó segundos, vamos a ver cuánto me tardo en volver a desordenarlo todo. Quiza haya record.

jueves, 11 de noviembre de 2010

¡Buena Mar!; no, Buenos Aires.

Durante el día y camino al aeropuerto mi mamá me preguntó, sin lugar a exageraciones, siete veces que si el avión en el que salía iba a ser el mismo avión en el que llegaba. Y aunque yo respondía con claridad, precisión y completud: no, no es el mismo. Ella volvía a preguntar. Yo creo que eran los nervios.

Ya en el aeropuerto y después de pesar las maletas el despachador tuvo que irse a arreglar algo de mi lugar en el avión (les recuerdo que por obligación viajé a lo puta: pero ni me comieron, ni me pagaron. diré mejor que viajé como una reina). Bueno, les iba diciendo que mientras el despachador no estaba, mi hermano vio la balanza digital y con el impulso de un potencial anoréxico saltó a ella y me pidió en voz baja y con mirada al frente, para disimular, que le dijera su peso.

Mi mamá sonrió y lo miró con cara dubitativa, entre un regaño o la complicidad del goce por montar en balanza digital, soltó el bolso con disimulo exagerado y ligerito ligerito ya estaba arriba, qué cuánto qué cuánto, "¡Ochenta! como estoy de gordaaa"; Yo llegué a pensar que era suficiente, que el hombre se estaba tomando mucho tiempo, miré a la izquierda y nada, mire a la derecha y ¡táz!, mi papá montado en la balanza, con una sonrisita ingenua y traviesa, setenta y tres kilos y medio; Y porque soy Vásquez me monté yo, con desparpajo y ya con susto porque eramos cuatro, no fuera y nos cobraran el peso en dólares como todo recargo.

Unos minutos después mi papá se antojó de almojabanas, fuimos a comer y cuando le preguntamos a mi mamá qué si quería, respondió que no, que un vaso de agua al clima, osea tibia, y con el dedo índice taladrándose continuamente la sien repetía en voz baja: "ochenta kilos ochenta kilos" (ah, ustedes no saben que mi mamá ha estado en tratamientos hipnóticos para bajar de peso y mi casa ha estado forrada en papelitos verdes que dicen "no estoy gorda", mientras ella pasa con unos audífonos que yo supongo dicen lo mismo una y otra vez)

Abrazo fue, pico vino y me monté en al avión, a dos puestos del maestro Maturana el D.T (si uno va a viajar en primera clase tiene derecho a pedir que vaya alguna estrella de la farándula colombiana) inmediatamente recordé: ese man es un teso, no por ser D.T sino porque también es odontólogo y mi papá me dice lo mismo cada vez que hablamos del señor Maturana.

Llegué a Bogotá bastante hambriento y con ganas de comida mucha y barata, contrario al aeropuerto poca y costosa y con olor a montaña me fui preguntando que dónde quedaba la sala vi ai pi. En la entrada un señor con cara de servidor de las altas esferas de avianca me indicó que podía pasar, yo le miré y le dije que me esperara, que ya volvía porque tenía un poco de hambre y quería comprar algo, él hombre sonrió, me miró con condescendecia y me dijo: "entre entre". Una vez en la sala ví mucha gente con tragos en la mano, computadores en la mesa y comida encima del portafolio. Yo los veía de un lado a otro cogiendo sanduchitos aquí, agarrando gaseosas allá y sirviendo licor en todas partes. Me asusté mucho y empecé a buscar dónde estaba la caja o al menos el letrero iluminado con los precios, no vaya a ser y me quitaran lo poco que llevo en los bolsillos (me acordé de Olga y sus cervezas de diez y siete mil pesos, que fueron cuatro). Traté de recordar todos los métodos de la etnografía y finalmente concluí que no cobraban, me acerqué con propiedad a la barra: pa´l bolsillo, pa´l bolsillo, sin mostrar el hambre juan, calmado pa´ la maleta, pa´comer aquí, pa´comer ahorita y ya no tenía hambre, así que me senté un rato porque cuando uno come mucho se viene la marea alcalina que parece también les da a los ricos.

Me llamaron a la sala siete, sentía que volvía a mi clase social de origen, donde los acaloraos y hambrientos, me sentí cómodo hasta que entré en el avión y otra vez inició la inspección de todos los artilugios y cositas que tenía que tomar antes de bajarme y me acordaba de Juliana: "pida cuchilla de afeitar que es gratis". Tomé el champagne, agarré maní, con suavidá que usté ya es majíster Juan y me relajé a corregir trabajos de grado (guiño guiño).

Yo tenía mucho sueño pero me había prometido no dormirme hasta después de la comida, esperé y esperé hasta que me trajeron entrada fuerte postre y vino. Lo único incómodo de la situación fue que el señor del lado, sentado en la silla del pasillo, se había quedado dormido y yo debía ayudarle un poco al auxiliar de vuelo, azafato, a servirme a mí mismo. La comida trajo una rosa (aclaro que a todos les trajo una rosa) y cuando la fui a devolver porque me encarté, la tomé por el tallo, güeva yo, y el azafato dijo dulcemente: "¿para mí?", yo guardé el silencio más incómodo que pude, pero en adelante el señor azafato insistía en acariciar mi mano cada vez que tenía que traer algún servicio.

Finalmente me quedé dormido y abrí los ojos justo en el descenso, aterrizamos y antes de bajarme tomé un bolsito de cuerofalso con cositas para mí y ni miré al azafato, caminé caminé, cogí un taxi y el conductor parecía Colombiano o parece que a todos les enseñan a hablar del carro, el clima y las cuentas por pagar.

Cuando abrí el bolsito ví que tenía, cepillo de dientes, cremita dental y ¡claro!, con razón el azafato tenía las manos tan suaves: crema de manos de l´occitane.