lunes, 10 de abril de 2017

Dos Poemas de Pablo Fernández

Aprendiendo a morir
Mientras duermen mi mujer y mis hijos
y la casa descansa del ajetreo familiar,
me levanto y reanimo los espacios tranquilos.
Hago como si ellos --mis hijos, mi mujer--
estuvieran despiertos, activos
en la propia gestión que les ocupa el día.
Voy insomne (o sonámbulo) llamándoles,
hablándoles;
pero nadie responde, nadie me ve.
Llego hasta donde está la menor de mis niñas:
ella habla a sus muñecas, no repara en mi voz.
El varón entra, suelta su cartapacio de escolar,
de los bolsillos saca su botín:
las artimañas de un prestidigitador.
Quisiera compartir su arte y su tesoro,
quisiera ser con él. Sigue de largo:
no repara en mi gesto ni en mi voz.
¿A quién acudo? Mis otras hijas ¿dónde están?
Ando por casa jugando a que me encuentren:
¡Aquí estoy!
Pero nadie responde, nadie me ve.
Mis hijas en sus mundos siguen otro compás.
¿Dónde se habrá metido mi mujer?
En la cocina la oigo; el agua corre,
huele a hojas de cilantro y de laurel.
Está de espaldas. Miro su melena,
su cuello joven: ella vivirá…
Quiero acercármele pero no me atrevo
―huele a guiso, a pastel recién horneado―:
¿y si al volver los ojos no me ve?
Como un actor que olvida de repente
su papel en la escena,
desesperado grito:
¡Aquí estoy!
Pero nadie responde, nadie me ve.
Hasta que llegue el día y con su luz
termine mi ejercicio de aprender a morir.


Parábola
Mi madre quiere que yo sea feliz, quiere
que yo sea joven y alegre;
un hombre que no tema al paso de los años,
ni tema a la ternura y al candor
del niño que debiera ser
cuando voy de su mano y la oigo repetirme
–para que no lo olvide-- éstas y otras nociones.
Mi madre no quisiera avergonzarse de mí.
Mi madre quiere que no mienta, quiere
que sea libre y sencillo.
No quisiera verme sufrir,
porque el miedo y la duda
son males que padecen los adultos,
y ella quiere que yo sea su niño.
Cualquiera que nos viese
no la comprendería: en edad coincidimos
–no quiere que lo diga–,
aunque ella me dio vida
cuando tenía los años que tengo hoy.
Podríamos ser hermanos, ella un poco mayor.
Podríamos ser amigos: su memoria y la mía
corresponden a un tiempo en que ambos fuimos jóvenes.
(Yo era menor, pero recuerdo verla cantar feliz
entre sus hijos, compartir nuestra infancia).
Mi madre quiere verme luchar a toda hora
contra el dolor y el miedo.
Sufriría si supiera que a mi edad,
la de ella entonces cuando me dio a la vida,
yo soy su viejo padre y ella mi dulce niña.

jueves, 21 de enero de 2016

Amén

Qué te acoja la muerte
con todos tus sueños intactos.
Al retorno de una furiosa adolescencia,
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,
te distinguirá la muerte con su primer aviso.
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,
te iniciará en su constante brisa de otro mundo.
La muerte se confundirá con tus sueños
y en ellos reconocerá los signos
que antaño fuera dejando,
como un cazador que a su regreso
reconoce sus marcas en la brecha.

Álvaro Mutis

jueves, 10 de diciembre de 2015

Llega un día...

Llega un día
en que la mano percibe los límites de la página
y siente que las sombras de las letras que escribe
saltan del papel.
Detrás de esas sombras,
pasa entonces a escribir en los cuerpos repartidos por el mundo,
en un brazo extendido,
en una copa vacía,en los restos de algo.
Pero llega otro día
en que la mano siente que todo el cuerpo devora
furtiva y precozmente
el oscuro aliento de los signos.
Ha llegado para ella el momento
de escribir en el aire,
de conformarse casi con su gesto.
Pero el aire también es insaciable
y sus límites son oblicuamente estrechos.
La mano emprende entonces su último cambio:
pasa humildemente
a escribir sobre ella misma.
Roberto Juarroz

miércoles, 8 de julio de 2015

A ustedes

A ustedes llamo e invoco,
corrientes de vida:
no me olviden en las curvas
y meandros de sus rutas secretas,
yo, que las he visto tendido aquí en el puente,
mirando más allá de los árboles que parecen
de Navidad por el
          cielo de estrellas que brilla entre las hojas.
Corrientes de vida, no me olviden,
corrientes de estrellas, Vía Láctea, corrientes
de viento, corrientes de olor,
corrientes de hojas escupidas
de pronto por el día caliente,
corrientes de hormigas, corrientes de musgo y líquenes
sobre las rocas,
corrientes de pensamiento, que me acercan y me alejan
de mis amores, corrientes y remolinos de río Cauca,
no me olviden,
llévenme y tráiganme como un traje prestado
que la brisa hace sensual y hermoso.

Víctor Gaviria.

domingo, 10 de mayo de 2015

Amor a mi madre

El principio del mundo fue en tu vientre,

en él supe por vez primera de la tierra en su girar milenario.

El principio de los tiempos fue en tu sangre,
en mi ombligo,
vestigio,
nudo estrecho,
huella honda de la cercanía de dos corazones.

Al principio fue tu luz espesa
mi primera casa
y el alborozo de tu corazón
mi primera compañía.

Antes que el mar, la nube o la montaña,
antes, al principio, fui en tu vientre.

Juan Vásquez

domingo, 22 de febrero de 2015

Alguien se salva por escuchar al ruiseñor

Digamos que una tarde
El ruiseñor cantó
Sobre esta piedra
Porque al tocarla
El tiempo no nos hiere
No todo es tuyo olvido
Algo nos queda
Entre ruinas pienso
Que nunca será polvo
Quien vio su vuelo
O escuchó su canto.

(Giovanni Quessep, en cien poemas colombianos, 2011, una antología de la editorial Luna Libros)

viernes, 16 de enero de 2015

Matan a joven que amenazó con suicidarse

Esteban Arbeláez, un joven de 23 años de edad, fue dado de baja por un miembro de las Autoridades Morales Armadas (AMA) cuando parecía que intentaba acabar con su vida lanzándose de un séptimo piso. “El joven miraba desde el balcón mientras apagaba un cigarrillo, por su determinación para tirar la colilla pudimos asegurarnos de que se iba a matar y no podíamos permitirlo, fue cuando abrimos fuego”, declaró el portavoz de AMA. “El (Esteban) venía hace días caminando despacio y cabisbajo, como buscando monedas sin querer trabajar por ellas”, comentó uno de los vecinos del edificio que prefirió mantener su nombre en reserva. Este es el cuarto operativo exitoso, de los seis desplegados por AMA durante este mes, para matar a jóvenes sospechosos de cometer suicidio, en los otros dos operativos los jóvenes pudieron escapar con vida y aún son buscados. El portavoz del movimiento político y militar aseguró que no escatimarán en esfuerzos para seguir cumpliendo con su labor.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Cuando el epílogo fue un premio

La semana pasada terminé de leer Esta historia de Alessandro Baricco. Llegó justo cuando estaba pensando sin descanso sobre el propósito de una vida. Al terminar el libro concluí, con seguridad, lo mismo que otros cuando han pensado sobre lo mismo: basta tener un propósito, cualquiera, para que la vida pierda peso y gane levedad. Pero ojo, no hablo de la levedad como aquello carente de importancia, sino como la sonrisa presente hasta en las tareas más tediosas. Pueden ser varios, pequeños y continuos propósitos que nos llevan de un día a otro, como volutas de humo convirtiéndose en algodones,  acariciando nuestra piel cuando pasan. ¡Aligerar la vida es el propósito de los propósitos!, incluso cuando no llegan a cumplirse. 

Sigue en http://elovilloferoz.blogspot.com/2013/08/cuando-el-epilogo-fue-un-premio.html

(Este es un pedazo de un escrito en un nuevo blog en el que participo con otros dos amigos, bienvenidos)

martes, 25 de junio de 2013

Cosas de papá

«—¿Adónde te lo llevas? —había preguntado mamá.

Cosas de hombres, había contestado Libero Parri, y a partir de ese momento Ultimo tampoco se había hecho más preguntas, porque si tienes cinco años y tu padre te lleva con él, de esa manera, eres feliz y punto. Por eso había correteado detrás de él hasta el cruce para Rabello. Lo había hecho sin saber que en un sinfín de ocasiones, ya de mayor, volvería a ver esa imagen, precisamente ésa: la silueta maciza de su padre, caminando a grandes pasos por delante de él, contra el vuelo de la niebla matinal, sin darse vuelta nunca, ni para esperarlo ni para verificar que todavía estaba allí. En esa severidad, y en esa ausencia total de dudas, residía todo lo que su padre le había enseñado del hecho de ser padres: que se trata de caminar, sin darse vuelta nunca. Caminar con el paso largo de los adultos, sin piedad, pero un paso límpido y regular, para que tu hijo pueda comprenderlo y permanecer pegado al mismo, a pesar de su paso de niño. Y hacerlo sin darse la vuelta nunca, si es que uno tiene fuerzas para hacerlo: para que él sepa que no se perderá, y que caminar juntos es un destino del que no es necesario dudar en ningún momento, ya que está escrito en la tierra. »


Alessandro Baricco , Esta historia, Anagrama, p.30-31

viernes, 7 de junio de 2013

El infierno

«Nuestro único enemigo era el Diablo. Del Diablo sabíamos todo, sabíamos más del diablo que de Dios. Conocíamos todos sus trucos, todos los medios de los cuales se servía para hacernos caer en el pecado. El infierno también lo conocíamos hasta su último rincón. Teníamos la impresión de que podríamos recorrerlo con los ojos cerrados, conocíamos cómo eran las pailas de aceite hirviendo donde el diablo metía lo pecadores desnudos y luego los sacaba y les quitaba la piel a pedacitos. Tenía enormes tenedores de fierro con los cuales movía las almas en los pozos de fuego, como si fueran pedazos de carne dentro de una olla. Poseía millones de cadenas con que lo amarraba a uno para arrastrarlo por caminos y montañas que estaban sembrados de pedazos de vidrio y espinas. El Diablo era grande, muy ágil, podía dar saltos de varios metros, estaba siempre vestido de rojo o de un verde fosforescente, su pelo estaba siempre de punta hacia arriba y tenía además cuernos como los toros, sus ojos eran amarillos y lanzaban llamas, las uñas eran larguísimas y verdes, los dientes largos como los de los burros y cuando abría la boca salían olores terribles de azufre. El infierno era lleno de cavernas oscuras donde tenía encerrados animales terribles que nosotras no conocíamos pero que se llamaban leones, serpientes, caimanes, y muchos otros, grandes y chiquitos, pero todos terribles. Si uno hacia pecado con los ojos, el Diablo le sacaba a uno los ojos con unas agujas calientes y, si había pecado con la boca, él le cortaba a uno la lengua en pedacitos. Nada ignorábamos del Diablo, además no nos lo dejaban olvidar…Si tirábamos las hebras de hilo nos decían que el Diablo las iba a recoger para torturarnos con él en el Infierno, igual si botábamos algo de comer. Si no nos confesábamos y comulgábamos en pecado, nuestro cuerpo se llenaría de llagas inmundas donde el Diablo depositaría gusanos verdes, rojos y amarillos que nos devorarían.»

Emma Reyes, Memoria por correspondencia, Laguna Libros, 2012, p. 99 -100.

lunes, 18 de marzo de 2013

Cosechas




Hace muy poco tiempo me amisté con las matas, pero desde que las conocí, todas las mañanas tomo un café o una aromática después de regarlas y dejo que pase un momento en silencio. Por lo general, apenas despunta el sol arriba de la cúpula blanca de un seminario que tiene esta ciudad en el oriente y el barrio empieza a calentarse en su bulla, cuando el aire está fresco y se escuchan algunos pitos de los carros que transportan niños al colegio. Al principio organizaba en mi mente las actividades de la jornada -si no había mucho para hacer, las de la semana- y, aunque no puedo recordar cuándo,  después me concentré en el amanecer, solo en el amanecer: dejé la mente en blanco, tal vez mirando con alegría las matas y los insectos que las visitan, pero fue desde ese momento, de eso estoy seguro, que los días empezaron a tener el matiz de las cosas suaves y delicadas.


No quiero extenderme en las historias sobre mis matas y tampoco pretendo que compartas mi amor por ellas. Solo escribo aquí algunos descubrimientos a los que he llegado en nuestra relación:

  • No importa que tanto le hables a una mata. Lo importante es echarle agua.
  •  Si le echas mucha agua a una mata, puede darle un hongo. Si no le echas nada, se seca.
  •  Las matas son felices con agua y sol.
  •  Las malezas, como los pensamientos malvados, no requieren de muchos cuidados. Crecen solas, en cualquier parte, pueden matar tus plantas si te descuidas. Las malezas también tienen ventajas, por ejemplo, alimentan a algunos insectos, amarran la tierra para que no se desmorone y si las arrancas, pueden servir de abono.
  •  Si dejas de echarle agua un día a tu mata, porque te fuiste con unos amigos, tienes que regarla tan pronto regreses. No importa qué estuviste haciendo, lo importante es el agua.
  •  Entre más delicada sea o se encuentre tu mata, más cuidados necesita.
  •  La comunicación con las matas es siempre no verbal: responden con hechos los que demuestras con hechos.
  •  Los verbos no siempre implican desplazamientos o movimientos fuertes. Las matas conocen muchos verbos.
  •  Las matas tienen crisis y hay que estar pendiente.
  •  Las matas también se mueren.
  •  Una planta florece a su tiempo, a su debido tiempo. No antes ni después.
  •  Las hojas grandes deben de quitarse para que la mata no gaste energía. Esas mismas hojas sirven de alimento a la tierra. Tienen oxígeno y carbono.
  •  Cuando una mata crece demasiado para el matero en el que está, es prudente cambiarlo o podar la mata. Las matas necesitan cambiar.
  •   Es prudente recolectar las semillas de tus plantas, puedes regalarlas o sembrar nuevas matas. 
  • Las malezas tienen flores. 


viernes, 18 de enero de 2013

Algo huele mal*


En la ciudad de donde vengo, Medellín, decir chichí, popó, mierda, decir que uno está literalmente cagado, en voz alta, causa un escozor que recorre la columna vertebral de quien escucha. Por eso me dio tanta dificultad hacer popó en baños distintos a los de mi casa. La misma razón por la que una amiga viajaba desde la universidad hasta la suya cada vez que tenía ganas de cagar, pagando taxi de ida y regreso, como si no tener plata para comer en la cafetería no fuera ya un problema suficiente.
Crecí con gente que confunde el asco a la mierda con lo inmoral y hasta les escuché decir que si no quería ir a una reunión o a una fiestilla incómoda, dijera que tenía diarrea para evitar toda suerte de indagaciones. Crecí con un montón de gente a la que el dengue se le presenta en forma de vómito, fiebre, desaliento pero nunca diarrea. Es más, gente para la que hacer popó blandito no es uno de los síntomas de tener diarrea.
Por eso, en esta cultura que no nos deja cagar tranquilos, las visitas a los baños públicos son siempre seguidas por preguntas sobre un defecador fantasma: el aire denso, el papel sucio, el señor que suda mientras se lava las manos… pero nadie, nadie es responsable por lo que ocurrió en el sanitario. Poco a poco he empezado a hablar de este tema con soltura y, para mi sorpresa, mientras más hablo, más ganas me dan de ir cagando por ahí, sin muchos problemas, en casas ajenas, en bares, en restaurantes.
Desafortunadamente, el lastre cultural del yo-no-cago-nunca no me lo pude quitar antes de llegar a Buenos Aires, y la primera vez que vi unos pies con unos pantalones caídos bajo la puerta del baño público, me sorprendí. De ese baño, mientras me lavaba las manos, salió un señor sonriente, descansado, livianito, como sale uno del baño. Me miró y me deseó un buen día, yo le agradecí con toda la amabilidad del caso y con el paisa que llevo dentro tratando de no respirar muy profundo, pensé: ¡Vio! Uno no deja de ser lo que es aunque crea y asegure que sí. Es que esta gente por acá es muy cosmopolita, tanto como para sonarse los mocos en público, por ahí, en cualquier restaurante, frente a cualquier persona; no como yo que todavía huelo a bandeja paisa y calladito tengo aspirar lo que se me chorrea de la nariz, de a poquitos, para no incomodar a nadie que no sea yo mismo, o correr hasta un baño con la esperanza de que esté vacío para limpiarme.
Después de caminar por muchos sitios en los que la constante era un baño con dos pies bajo la puerta y los pantalones en el piso, mi montañero interno, el que dice que va a mear o a lavarse las manos cuando va a cagar, recibió un golpe contundente al visitar un sitio que se llama El Boliche de Roberto –clásico bar tanguero que otrora fuera enchapado en oro y que ahora está en ruinas–: en ese bar hay una puerta detrás de la barra que conduce al baño de los hombres; al abrirse muestra un orinal putrefacto y un cagadero separado por una pared sin nada que dé privacidad. Vi el baño cuando tuve ganas de ir a mear, de verdad a mear, y al abrir la puerta vi a alguien sentado que con acento porteño me dijo: "che, dijculpá, pero ej que tenía una cagadita y ejte baño no tenía puerta, vijte". Yo le respondí que estuviera tranquilo y el hombre, que no logró descubrir mi incomodidad montañera disfrazada de frescura citadina, entabló conversación, ahí sentado en la taza: que mi tonada, que el Pibe Valderrama, que las plashas de Colombia, que qué linda Medeshín. Finalmente yo escurrí lo mío sin darle la cara, me dispuse a lavar mis manos y fue antes de salir corriendo que alcancé a escuchar, en el mismo acento porteño: "che, dijculpá que te dé el culito para limpiarme pero ej…".
Yo de verdad no sé si aquí en Buenos Aires cagar con la puerta abierta sea una costumbre muy arraigada, como la pasión por el fútbol, tomar vino o mate. Tampoco sé de ninguna costumbre que combine todas las anteriores, pero me alegra saber que hay una tierra en la que la gente no se avergüenza de ser un animalito que caga –todavía me acuerdo de la recomendación estúpida de un autor estúpido que dice que para desenamorarse solo hay que imaginarse al amor de la vida cagando–. No llegaré al extremo de andar mostrando el culito en bares ni baños extraños, pero prometo que cada vez que salga de un baño lo haré sonriente, orgulloso, y miraré a los ojos a quien quiera que esté allí para desearle un buen día y así, poco a poco, iré dejando este mundo de vergüenzas ajenas.


*Publicado en el número 38 del Periódico Universo Centro.


martes, 1 de enero de 2013

Extranjeros


«Las fronteras separan en dos categorías excluyentes: los de adentro y los de afuera, los nacionales y los extranjeros, nosotros y ellos. Esta división nos marca de por vida: sea a causa del jus solio del jus sanguinis, del lugar en el que nacemos o de la sangre que corre por nuestras venas, todos estamos obligados a pertenecer a un sitio y, por ello mismo, a ser considerados extraños o aliens —para usar este odioso término anglosajón— en el resto del mundo. Aunque lo olvidemos con frecuencia, en realidad todos somos forasteros. Ya lo decía Paul Valéry: “La era del orden es el imperio de las ficciones, pues no hay poder capaz de fundar el orden a partir de la mera represión de los cuerpos. Se necesitan fuerzas ficticias”. Y, por absurdo o kafkiano que parezca, a veces basta con caminar unos cuantos metros, con atravesar un río o un puente, para poner en riesgo todo lo que somos o, por el contrario, salvar nuestras vidas.»




Los crímenes de Santa Teresa y las Trompetas de Jericó, Jorge Volpi en Sam no es mi tío, 24 crónicas inmigrantes. Editorial Alfaguara

lunes, 8 de octubre de 2012

El complot


Xing, la cocinera del emperador, fue acusada del robo de dos langostas ofrenda de paz de una ciudad enemiga. Qing Lian, su esposo desde hace veinte años, fue encargado por el abogado de orquestar la única defensa, que tendría lugar en audiencia pública.  Su matrimonio había transcurrido en la miseria, una acusación así no era más que otra peste. Desesperado, Qing Lian inicia la búsqueda de testigos y pruebas; por fin ha recolectado lo requerido: las declaraciones de la auxiliar de cocina, un mesero y el proveedor de las verduras del palacio. Llegado el día y convencido de que ganaría, acude a la corte. Con semejantes testigos en el estrado no habrá dudas sobre la culpabilidad. No le queda más que esperar mientras saborea su soltería y las dos langostas que le esperan en casa.   

jueves, 2 de agosto de 2012

«La victoria en el sofá»


«(Durante mucho tiempo  los llamados triunfadores han sido el objeto de los elogios: los ricos, los rápidos, los lugales, la gente que está por encima de los demás. Eso es algo muuuuuuuy falaz, ya que no se hallan tan al abrigo del tormento como muchos se imaginan y, además, son muy poco representativos.

Los dirigentes prósperos, los superlativos son la rareza. A quienes habría que considerar ejemplares  es a los segundones, a los patinadores que no ganan medalla, a los filatélicos en quiebra, a los inventores frustrados, a los funcionarios que se odian a sí mismos, a aquellos con talento y educación y determinación que van tirando para que la gente pueda ver que sus vidas no son mediocres, sino normales. Es algo absurdo que hacer frente a la vida con alcohol o con drogas haya llegado a ser el deporte nacional.

Por cada campeón hay mil competidores y otros dos mil que no llegan a serlo porque se olvidan de competir, o porque tienen una gripe, o porque estaban ocupados con un asunto amoroso, o porque no se molestaron en inscribirse. La vida no consiste en ganar, la vida es luchar por la tercera posición. Pero, por supuesto, el brillo procede de los que brillan, de los vencedores, y los perdedores gustan de estudiar a los vencedores porque piensan que de ello podrían sacar algún provecho. ¿Cuál es la diferencia entre un hombre con millones y un hombre sin millones? Los millones.

Lo que habría que enseñar no es cómo lograr el éxito, que por definición es asunto de unos pocos, sino cómo ver el color de los ojos del fracaso sin arrugarse, cómo tolerar el mal tiempo de la ordinariez.  Quien habría de estar sobre un pedestal es el decorador que no se lamenta de haber perdido su negocio, ese al que pillan incluso cuando roba un botellín de whisky, el que después de treinta años de trabajo no tiene más que un abrigo deslucido, mientras que a su única hija, le pega palizas un bruto sin  blanca en el bolsillo; es la fregona con niños que criar, la que vuelve a su casa agotada y a la que le roban los pendientes en el metro, quien puede enseñar una lección importante: cómo perder.)»

Tibor Fischer, El coleccionista de coleccionistas, Barcelona, Tusquets Editores, 1997, pp. 203-204.

lunes, 23 de julio de 2012

La libreta perdida


Uno nació para buscar, no para encontrar. Uno nació para botar cosas que no importan, preocuparse por ellas porque no las encuentra y luego recordarlas en conversaciones pequeñas sobre cosas insignificantes.

Uno no entiende que la memoria no quiere trabajar mucho y prefiere deslizarse de un pensamiento a otro, surfear con rapidez por cada pliegue del cerebro y evitar todas las trampas que le ponemos. Porque es así: ponemos un palo aquí, una piedra allí, un pensamiento largo y pesado en el medio; y todo con la esperanza de que los recuerdos no cambien mucho. Con la esperanza de seguir siendo los mismos de siempre pero de otro modo, queriendo cambiar mucho, cuando decimos lo mismo. No sobra decir que no es así, que la memoria fluye, cambia y muere cuando se transforma en olvido; aunque nos sintamos traicionados por no poder recordar algo y digamos que tenemos una memoria malvada.

Yo me sentí engañado por la memoria cuando perdí una libreta llena de teléfonos y traté, sin éxito, de reconstruir  en mi mente todas las acciones del día en que la perdí. Pensando dónde fue la última vez que la vi o la guardé, si la coloqué o no en tal parte. En el recuerdo me veía buscando un número telefónico en ella, luego la guardaba en el bolsillo del jean y puf, hasta ahí; entonces volvía a empezar: miraba en ella de nuevo el número telefónico, la guardaba en el mismo bolsillo y nada, seguía sin recordar nada más. Como cuando me encuentro en la calle a alguien a quien debería reconocer al instante y no pasa; o cuando tengo una canción en la cabeza, recuerdo el nombre del cantante, el año, y el concierto en el que la escuché la primera vez, pero no el nombre de la canción. Siempre que me pasa me quedo quieto para que los pensamientos reposen y encontrar más fácil lo que quiero. Ese método no funciona.

Lo de la libreta me pasó hace unos meses y hoy me desperté pensando en ella, queriendo tenerla aún sin necesitarla, porque recuperé todo lo que tenía escrito. Creo que me desperté con nostalgia de ser ese hombre del pasado que caminaba con su libretita naranjada en el bolsillo del jean, pero la memoria pasó de largo, quiere olvidar; y es una parte de mí –una parte pequeña y fuerte – la que no lo admite  y quiere obligar a la memoria a que se quede quieta. La quiere obligar a que cumpla la tediosa tarea de no olvidar, por lo menos no mucho, para que yo pueda seguir siendo el mismo de siempre. Pero nadie se baña dos veces en el mismo lago, menos mal.

sábado, 8 de enero de 2011


Dicen los que saben que la organización mental más allá de ser una sensación o un producto invisible puede verse reflejada en cada uno de los actos de una vida. Hoy he pensado que los ires e ires de la vida los he ido plasmando en mi cuarto: Nunca lo he contado pero ha existido en mi el descontento de tener que dormir en una pieza que no me ha gustado y finalmente me he pensado y construido como un turista de alcobas. Alcobas de casas ajenas, pisos de fincas raras, colchones inflables, colchoncitos, colchonetas, muebles, sábanas y hasta sillas. Un turista dormilón que no ha tenido la sensación de cama propia.

Primero fue mi hermana y allí fui un intruso, un pequeño varón en alcoba de tocador y muñecas. No recuerdo mucho excepto que queria tirar todo al piso y que no podia jugar con la colección de carritos de policia, bomberos y ambulancias que me habian dado por sacarme unos dientes de manera anticipada - Si, me han premiado por hacer algunas cosas raras, aunque todavia no entiendo por qué mi mamá premiaba la caída o extracción de mis dientes-.

Luego fue David, mi hermano amado, quien siempre me ha alegrado con su compañia. En ese cuarto, más que el espacio en si mismo, me alegró estar a su lado. Sólo sé que la decoración era como la reconstrucción de un terremoto. Las cosas valían más por su practicidad que por apariencia. Por eso tanto tiempo se colgó en la pared un reloj de Mickey el ratón.

De la decoración recuerdo muchos afiches: las modelos de la revista nueva de los sábados, los mejores basquetbolistas, bob marley y un par de leones. Nunca algo realmente lindo y mío y solo unos pocos intentos de hacer propia una alcoba que no me ha pertenecido.

Son tantos los cuartos que contarlos no se puede, en la semana sólo duermo una o dos noches en la misma cama: Y ahora me he convertido en un feliz turista de alcobas subsidiado y conozco tantos cuartos de hoteles como me hes posible...en fin. el caso:

Hoy mientras organizaba mi mente y la alcoba, me di cuenta de varias cosas: Que la cama en la que he dormido no ha sido nunca una medida que da cuenta de las distancias que recorro; que por fin, aunque no siento mías esas cuatro paredes, me siento alegre con el decorado: Ese sí es mío, por las cosas que hacen parte de cuentos, mis cuentos, mis historias: las construidas, las robadas y las regaladas.

Arreglar ambas cosas tomó segundos, vamos a ver cuánto me tardo en volver a desordenarlo todo. Quiza haya record.

jueves, 11 de noviembre de 2010

¡Buena Mar!; no, Buenos Aires.

Durante el día y camino al aeropuerto mi mamá me preguntó, sin lugar a exageraciones, siete veces que si el avión en el que salía iba a ser el mismo avión en el que llegaba. Y aunque yo respondía con claridad, precisión y completud: no, no es el mismo. Ella volvía a preguntar. Yo creo que eran los nervios.

Ya en el aeropuerto y después de pesar las maletas el despachador tuvo que irse a arreglar algo de mi lugar en el avión (les recuerdo que por obligación viajé a lo puta: pero ni me comieron, ni me pagaron. diré mejor que viajé como una reina). Bueno, les iba diciendo que mientras el despachador no estaba, mi hermano vio la balanza digital y con el impulso de un potencial anoréxico saltó a ella y me pidió en voz baja y con mirada al frente, para disimular, que le dijera su peso.

Mi mamá sonrió y lo miró con cara dubitativa, entre un regaño o la complicidad del goce por montar en balanza digital, soltó el bolso con disimulo exagerado y ligerito ligerito ya estaba arriba, qué cuánto qué cuánto, "¡Ochenta! como estoy de gordaaa"; Yo llegué a pensar que era suficiente, que el hombre se estaba tomando mucho tiempo, miré a la izquierda y nada, mire a la derecha y ¡táz!, mi papá montado en la balanza, con una sonrisita ingenua y traviesa, setenta y tres kilos y medio; Y porque soy Vásquez me monté yo, con desparpajo y ya con susto porque eramos cuatro, no fuera y nos cobraran el peso en dólares como todo recargo.

Unos minutos después mi papá se antojó de almojabanas, fuimos a comer y cuando le preguntamos a mi mamá qué si quería, respondió que no, que un vaso de agua al clima, osea tibia, y con el dedo índice taladrándose continuamente la sien repetía en voz baja: "ochenta kilos ochenta kilos" (ah, ustedes no saben que mi mamá ha estado en tratamientos hipnóticos para bajar de peso y mi casa ha estado forrada en papelitos verdes que dicen "no estoy gorda", mientras ella pasa con unos audífonos que yo supongo dicen lo mismo una y otra vez)

Abrazo fue, pico vino y me monté en al avión, a dos puestos del maestro Maturana el D.T (si uno va a viajar en primera clase tiene derecho a pedir que vaya alguna estrella de la farándula colombiana) inmediatamente recordé: ese man es un teso, no por ser D.T sino porque también es odontólogo y mi papá me dice lo mismo cada vez que hablamos del señor Maturana.

Llegué a Bogotá bastante hambriento y con ganas de comida mucha y barata, contrario al aeropuerto poca y costosa y con olor a montaña me fui preguntando que dónde quedaba la sala vi ai pi. En la entrada un señor con cara de servidor de las altas esferas de avianca me indicó que podía pasar, yo le miré y le dije que me esperara, que ya volvía porque tenía un poco de hambre y quería comprar algo, él hombre sonrió, me miró con condescendecia y me dijo: "entre entre". Una vez en la sala ví mucha gente con tragos en la mano, computadores en la mesa y comida encima del portafolio. Yo los veía de un lado a otro cogiendo sanduchitos aquí, agarrando gaseosas allá y sirviendo licor en todas partes. Me asusté mucho y empecé a buscar dónde estaba la caja o al menos el letrero iluminado con los precios, no vaya a ser y me quitaran lo poco que llevo en los bolsillos (me acordé de Olga y sus cervezas de diez y siete mil pesos, que fueron cuatro). Traté de recordar todos los métodos de la etnografía y finalmente concluí que no cobraban, me acerqué con propiedad a la barra: pa´l bolsillo, pa´l bolsillo, sin mostrar el hambre juan, calmado pa´ la maleta, pa´comer aquí, pa´comer ahorita y ya no tenía hambre, así que me senté un rato porque cuando uno come mucho se viene la marea alcalina que parece también les da a los ricos.

Me llamaron a la sala siete, sentía que volvía a mi clase social de origen, donde los acaloraos y hambrientos, me sentí cómodo hasta que entré en el avión y otra vez inició la inspección de todos los artilugios y cositas que tenía que tomar antes de bajarme y me acordaba de Juliana: "pida cuchilla de afeitar que es gratis". Tomé el champagne, agarré maní, con suavidá que usté ya es majíster Juan y me relajé a corregir trabajos de grado (guiño guiño).

Yo tenía mucho sueño pero me había prometido no dormirme hasta después de la comida, esperé y esperé hasta que me trajeron entrada fuerte postre y vino. Lo único incómodo de la situación fue que el señor del lado, sentado en la silla del pasillo, se había quedado dormido y yo debía ayudarle un poco al auxiliar de vuelo, azafato, a servirme a mí mismo. La comida trajo una rosa (aclaro que a todos les trajo una rosa) y cuando la fui a devolver porque me encarté, la tomé por el tallo, güeva yo, y el azafato dijo dulcemente: "¿para mí?", yo guardé el silencio más incómodo que pude, pero en adelante el señor azafato insistía en acariciar mi mano cada vez que tenía que traer algún servicio.

Finalmente me quedé dormido y abrí los ojos justo en el descenso, aterrizamos y antes de bajarme tomé un bolsito de cuerofalso con cositas para mí y ni miré al azafato, caminé caminé, cogí un taxi y el conductor parecía Colombiano o parece que a todos les enseñan a hablar del carro, el clima y las cuentas por pagar.

Cuando abrí el bolsito ví que tenía, cepillo de dientes, cremita dental y ¡claro!, con razón el azafato tenía las manos tan suaves: crema de manos de l´occitane.

domingo, 10 de octubre de 2010

Qué sea un motivo


[...] aquello que no ha sido elegido por nosotros no podemos considerarlo ni como un mérito ni como un fracaso [...]

Esta semana la memoria, que ya sabemos es estúpida, me ha traído el recuerdo de Sabina, la protagonista de un libro de Milan Kundera, y el significado de mujer que aparece en su diccionario de las palabras incomprendidas. La frase que encabeza esta entrada es puesta por el autor, en su personaje, para referirse al orgullo de género; aún así, me ha parecido que es extendible a innumerables características innatas que amamos o no y sin darnos cuenta de la vacuidad del acto, resultamos adhiriendo a la lista de cualidades y defectos -valga la elección de las palabras-, un montón de cosas de las que no tendríamos por qué sentirnos orgullosos, o peor aún avergonzados.

No hay razón para vanagloriarse de ser hombre o mujer, si usted no es un transexual; ni para escuchar lo orgulloso que se siente de haber nacido en su tierra, desde que no eligió nacer en esa tierra. Es más, es igual que ir cantando una canción sobre lo orgulloso/avergonzado que se siente de ser humano.

Entran también en esta lista de orgullos y vergüenzas, además del género y la nacionalidad, los padres, los hermanos (que pueden ser sólo los mayores si es que usted tuvo alguna injerencia en el nacimiento de los que vinieron después), los demás y sus logros que son ajenos a nosotros, la apariencia física (a menos que usted se haya auto reconstruido, de lo contrario sería un logro del cirujano) -carece de sentido creerse pundonoroso por la estatura que se tiene o indigno por la tez de la piel con la que se nace.

Sin embargo, creo que ante un mundo lleno de vanidad, se puede andar en busca de cualquier logro por pírrico o ajeno que sea y que nos haga sentir mejor: Los padres que cobran por ventanilla la inversión en el estudio el día que llegan los resultados de los ICFES para alardearlos frente a otros padres; el orgullo de los colombianos al ver a John Leguízamo en las películas de hollywood; la llamada del presidente de Colombia a los deportistas.

Bueno, para ser justo, supongo que las vanidades se alimentan de cualquier cosa, siempre y cuando sea algo que podamos sentir cercano, tan cercano que pueda confundirse como algo propio. Podríamos incluso, en nombre del amor y el compartir, apropiarnos transitoriamente del diploma ajeno, del incremento en el sueldo de un amigo o por lo menos aprovecharlo, el nuevo trabajo de un colega y así sucesivamente.

Esta semana me siento con el corazón hinchado de orgullo porque a mi hermano lo distinguen como el mejor, léase bien, EL mejor estudiante avanzado de su carrera y aunque sé que no es mi logro y en palabras de él tampoco el suyo, me siento honrado de ser su hermano - que tampoco fue mi elección pero corrí con muy buena suerte.

[...]Sabina opina que hay que tener una relación correcta con el sino que nos ha caído en suerte [...]